Es cuando sufrimos ese ardor insoportable que nos provoca el
sol sobre el asfalto húmedo de la ciudad, y sólo por ejemplificar una vez,
cuando podemos apreciar la innegable similitud que tenemos con el pez. Aquel
que fuera atraído por una suculenta carnada, estética y simétricamente
disfuncional, pero que no importa, porque es una carnada que se sabe aprovechar
de la desesperación del pez, y se retuerce sensual ante aquel que no consigue
comprender. Acaso por la carencia de memoria de corto plazo, quizás por no
haber podido evolucionar al salir del río. En fin, esa debilidad del pez, lo
arroja sucesivamente a morder el mismo anzuelo.
Por supuesto que sería mucho más constructivo acoger la
novel idea, resignificada sobre lo deconstruido, de propiciar, en la ciudad, conectividad y encuentro.
¿Hablamos de un híbrido de la ética político-arquitectónica?
¿Y entonces qué sería eso? No lo sé. Lo que sí sé es que estos programáticos y
artificiales modos de planificar (que ya poseen categoría de “usuales”) sólo
conducen a espacios de reproducción de la desigualdad social, a lugares comunes
que reprimen la imaginación, a sitios vacíos donde acontece todo el tiempo el
desencuentro, a una estructura separatista y despiadada, egoísta.
David Tozzetto – Martín Provenzano | Paralelo Colectivo
