A veces creo que soy un ingenuo, un pelotudo; pero no, me vuelve la confirmación, fundamentada, clara y evidente de que no pueden existir ovejas de colores que nos provean de las coloridas lanas que vestimos; sino que las lanas son teñidas por los productores. La certeza se me afirma al corazón desde mi última tarde de campo, en Santa Fe. Aquella vez el azar había dispuesto los campos santafecinos en mi horizonte como un tapiz multicolor; alucinantes, eternos. El sol se imprimía con total gracia sobre la lánguida llanura, quizás generara unos 34º C., especulo, en realidad no podría asegurarlo. El calor de esa tarde era brutal. En el radio-cassette del R11 sonaba “Fearless” de Floyd. Y entonces, a ese mambo en movimiento empezaron a sumárseles algunos pequeños rebaños de ovejas; grupos de cuatro, de tres… Me pareció haber contado alguno de cinco. No puedo entender por qué simplemente no me suicidé aquella tarde. La decepción fue tal al ver que todas eran de lana blanca o algo grisácea… Lloré, detuve el auto para llorar. Después de terminada “Fearless”, me sequé las lágrimas con una servilleta de papel que traía en la canasta del mate, adelanté el cassette hasta “San Tropez”, encendí el motor del coche y seguí. Estaba muy triste y cansado, además me desentendía de las cosas, las miraba con extrañeza… ¿Por qué haberme desvelado de lo de las ovejas era tan abrumador? ¿Qué significaba? A las 23:00p.m. estaba muy relajado en mi cama, con dos pastillas encima y el Nocturno en C#m de Choppin. El lunes era inminente. Mejor sería dejar de pensar.
Cuando amanecí sentí una borra viscosa en la forma toda de mis labios, sumada al sabor amargo de la saliva estancada durante el sueño; y caí en la cuenta de que seguía siendo el mismo miserable del domingo, aquel que creyó como un imbécil durante treinta y dos años que los colores de los suéteres que vestimos son naturales. El llanto me invadió nuevamente. Algunas puteadas y espasmos se atoraban en la boca y se peleaban por salir. Qué miserable idiota que fui. Sin duda, debería convivir con esa sensación algún tiempo hasta superarla y recomenzar mi ascendencia social. Esta crisis no puede ser tan grave. Tal vez lo mejor sea escribir sobre el tema, hacer alguna pequeña publicación en esas revistitas de las sociedades de fomento, y rematar con una serie de charlas y conferencias en algunos colegios en los cuales oraré con cierto aire de superación, a fin de enterar a mi conciencia de que ya no me siento un alienado; de que ahora recuperé mi dignidad y voy a salir a pasear un martes, sin que me importen los códigos establecidos sobre la distensión y las alternativas al stress de las ciudades y sus ciudadanos. Sí, eso voy a hacer el martes. Ahora tengo que organizarme, ser consecuente y abocarme de lleno a escribir los discursos para las conferencias. Además debería contactar a Raúl, de la Sociedad de Fomento del barrio Liga de Telemarketters. Le voy a ofrecer algunas fotos que tomé aquel día. Son impactantes: Tres ovejas formando una fila india, mirando directo a la cámara, como diciendo “Todas somos de lana blanca, estúpido infantil.” A Raúl seguro que le van a gustar. La publicación tiene que darme algo de libertad emocional. Eso espero, pues ahora me siento como si me hubiesen atado muchos cintos a los muslos.
Llueve en Buenos Aires. Esta ciudad tiene esa particularidad, cuando cambia el clima cambia algo más. Deben ser las siete y cuarto de la mañana, no sé dónde dejé el celular. Anoche, antes de acostarme me llamó Raúl. Me dijo que le mande todo por mail que él se encargaba del resto. Así que ya se lo envié, y me quedé mucho más tranquilo. Qué bien, me siento algo mejor; pero me atormento aún. Voy a desayunar un té de tilo. Y después me voy a cruzar a la farmacia a comprar pastillas de valeriana. No he decidido aún si saldré de paseo después del mediodía, o antes… Todavía es temprano, me bañé anoche y no tengo nada que hacer. Pienso en que si salgo antes del mediodía voy a tener que parar a comer, y eso me incomoda ciertamente. Estar en un lugar con gente, que aunque no sepan que yo creí aquello de las ovejas y sus lanas, van a ratificarme de que ellos son superiores, que entendieron cómo funciona el mundo con mucha fluidez, con la misma soltura con la que aprendieron a caminar y que yo finalmente soy un ingenuo o un pelotudo. Saldré después de almorzar, no vale la pena sufrir. De hecho, ni siquiera sé cómo es que estoy tan seguro de que romper reglas va a devolverme la dignidad; quizás eso no sea más que el comienzo de una etapa de rebeldías, insurrecciones, explosiones de libertinaje, satisfacción constante de los deseos que vaciará mi alma hasta dejarme convertido en una figura momificada y podrida por el pecado y la soberbia, o por qué no, acaso otra víctima inocente del Sistema: Traidor, caótico, perfecto.
No lo sé, no estoy seguro de poder sobrellevarlo.
Superlativo. Mis saludos Martín. No dejes de escribir. Un beso
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