Miro
el muro y mi obsesión se torna rígida, estructural,
ejecutoria
de mi perjuicio: logra que deje de mirar.
Entonces
miro el piso... ¡Qué más da!
Me
retuerzo el alma, giro el cuello, y enfoco al infinito (tan poquito).
Ciertamente
me aburre la idea de ‘inmensidad’, me
obliga a bostezar,
a
cerrar mis ojos por un momento, o dos momentos... ¡Cinco minutos más!
(No
quisiera tener que despertar.)

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